Sobre ecos y fantasmas
1/11/20261 min read


Vivimos en una época de ecos y fantasmas.
Durante de miles de años, hablar con alguien era verlo a la cara. Primero había que caminar o correr hacia él o hacia ella, y luego sentías su presencia real; el aroma fresco de su perfume, o el olor desagradable de su cuerpo. Escuchabas el sonido de su voz atravesando el aire. Podías tocarlo. Abrazarlo. O, si hacía falta, guardar una distancia respetuosa.
Ayer —solo ayer— nació el aparato; la fotocopiadora de gente. Lo llamaron telégrafo, teléfono y televisor. Sus brazos fueron cables, cadenas, tentáculos que atravesaron ciudades y continentes, penetraron hogares y edificios para entregarnos ecos. Solo copias de la gente.
Y, sin darnos cuenta, nos quedamos un poco solos.
Los aparatos nos engañaron a todos, nos hicieron creer que seguíamos mirándonos a los ojos, que seguíamos susurrándonos palabras al oído. Hace pocos minutos nacieron los algoritmos y, con ellos, un nuevo ser: la inteligencia artificial. Ahora ya no trae solo ecos, copias. Ya no podemos estar seguros de si del otro lado hay alguien humano, o siquiera algo real.
Y, sin darnos cuenta, nos quedamos solos. Completamente solos.
Los ecos se convirtieron en fantasmas, y los fantasmas cobraron vida. Quizás, en el futuro, ellos miren hacia abajo y nos barran de un plumazo. O quizás no. Depende de nosotros. Pero mientras tanto, tal vez la tarea sea salir; volver a vernos, tocarnos, encontrarnos en la vida real; reír, abrazar. Volver a hacer el amor.